Las elecciones de la vida

A los nueve años soñamos con ser futbolistas e invertimos, hasta los dieciséis, gran parte de nuestro tiempo y dinero intentándolo.  A esa misma edad, sino es antes, nos damos cuenta (quizás) que la vida que nos depara será otra. 

A los nueve años soñamos con ser futbolistas e invertimos, hasta los dieciséis, gran parte de nuestro tiempo y dinero intentándolo.  A esa misma edad, sino es antes, nos damos cuenta (quizás) que la vida que nos depara será otra. Que destinar los mismos recursos a aquello con lo que hace unos años soñábamos, es pues, menos rentable. Nos convencemos que los libros son una mejor opción, que la universidad es el camino a seguir, que ello nos brindará estabilidad financiera y por qué no, abundancia. Nos embelesamos imaginando una empresa, un máster o un doctorado. Diez o quince años más tarde, si aún nadie nos dice doctor o si por cuestiones del azar, seguimos en casa de papá, imaginamos un escenario mucho más austero.

Pensamos ya no en jugar en el Bernabéu o en recibir un Premio Nobel, si no en tan solo mudarnos al depa de soltero. La vida continúa su curso y las metas van cambiando, el imaginario vierte sus tintes y a los ochenta hacemos los números y pensamos si al fin y al cabo valió la pena el baile, si jugamos lo que debíamos de jugar, si estudiamos lo que debíamos de estudiar, si enamoramos a quien debíamos enamorar y si valió lo que costaba, la cuenta que estamos a punto de pagar. Lo que ocurre en la vida no es por ninguna extraña razón impredecible, sino producto de como asignamos nuestros recursos en base a nuestras expectativas del mañana. Los dos únicos factores que cambiaron entre los diez y los ochenta fueron los óptimos de vida y el costo de alcanzarlo, el cual por la naturaleza que he planteado se refleja en el tiempo. La vida de mi país, no es de ninguna manera distinta y no veo como en todos estos años habría de serlo.

El tiempo se disfraza de elecciones y los óptimos cambian constantemente. La figura de país primermundista, hoy no es más que una sombría retórica del pasado que ha dado ya paso a una desesperanzada esperanza de un mejor sistema de transporte, de una corrupción un poco menos corrupta, de una Sierra más Costa y de una Selva más Sierra. Lo preocupante de esta pasarela presidencial de los últimos tiempos es que nosotros los peruanos, nos hemos olvidado de jugar a estadio lleno y nos hemos ido contentando con el cuarto de soltero.

La vida que nos prometimos hace mucho, hoy no es más que un nebuloso recuerdo, mientras el péndulo electoral no duda en recordárnoslo. En este círculo vicioso en el cual nos hemos entrampado con el paso de los años, los técnicos huyen despavoridos, las empresas reducen sus márgenes de inversión, el hombre de a pie deambula más, lee menos y los niños olvidan ya de soñar.

Próximos al 2016, en vísperas de elecciones, no queda más que intentar soñar una vez más con no arrepentir el baile que nunca bailamos de aquí en unos años.

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