Adriana Valcárcel: “He aprendido a querer y a valorar la cultura andina a partir de un quehacer empresarial”

Adriana, ingeniería química, cuenta con más de 30 años de experiencia en la industria de los granos andinos. Por su labor empresarial ha recibido varios reconocimientos, entre los que destaca el Premio Internacional por la Defensa de la Biodiversidad y el premio “El Inka Dorado Award” a los mejores empresarios del año 2019.

El 8 de marzo de 1908 ocurrió un suceso que marcó la historia del trabajo en el mundo entero: 129 mujeres murieron en un incendio en la fábrica Cotton, de Nueva York, Estados Unidos, tras declararse en huelga. ¿El motivo? Buscaban la reducción de la jornada laboral a 10 horas y un salario igual al de los hombres que hacían las mismas actividades.

Con este antecedente, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) designó oficialmente el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer.

En la actualidad la fecha sirve para conmemorar la lucha por la erradicación de la violencia de género y lograr la igualdad entre mujeres y hombres, pues estas últimas continúan desarrollándose en ambientes sociales, económicos y políticos desfavorables.

En medio de esta fecha PQS ha decidido lanzar el especial “Mujeres de negocios”, en el que se conversa con ocho mujeres emprendedoras o investigadoras sobre sus experiencias.

Una de ellas es Adriana Valcárcel, CEO y cofundadora de Cusco Mara, una empresa que lleva cerca de 20 años promoviendo la agroindustria de granos andinos como la kiwicha, la quinua, la kañiwa, entre otros.

Por su labor como empresaria, Adriana ha recibido diversos reconocimientos nacionales e internacionales como el Premio Nacional “Mujeres exitosas y emprendedoras en nuestro país”, el Premio Internacional por la Defensa de la Biodiversidad y el premio “El Inka Dorado Award” a los mejores empresarios del año 2019.

Además, el año pasado fue reconocida por el Indecopi, junto a otras 25 mujeres de diversas regiones del país, por su aporte al desarrollo económico y social del país.

Adriana, ¿cómo te defines?

Me defino como una loca apasionada por la cultura andina. Yo he aprendido a querer mi cultura, a valorarla y a respetarla a partir de un quehacer empresarial.

Hace 35 años me enamoré apasionadamente de la kiwicha y para mí lo que hago no es solo una cosa empresarial, sino que va más allá, es una forma de vida, es una forma de darle continuidad a esta cultura andina de la cual yo solo soy un pedacito. Nosotros solo hemos rescatado lo que hicieron nuestros ancestros con los granos andinos, les hemos dado valor agregado y los hemos llevado al mercado como lo que son: joyas.

Yo soy ingeniera químico de profesión, tuve que estudiar en una época donde todavía había muchos prejuicios en la formación ingenieril para mujeres. Además, el ser empresario era mal visto al igual que los productos naturales. Tuve que imponerme a ese sistema, inclusive desde el interior de la familia.

¿Por qué crees que decidiste estudiar ingeniería en un contexto en el que los referentes de mujeres STEM eran mínimos?

Yo estudié ingeniería química porque de niña me gustaba hacer inventos, me gustaba mezclar cosas, guardaba pomitos de colores y con sustancias diferentes. Cuando estuve en el colegio tuve una gran maestra de química, para mí fue mi ídolo porque todo lo hacía tan lindo y lo hacía tan fácil que muchas de mis compañeras, estoy hablando de la promoción del 77, se enamoraron de la química, tanto así que 8 o 9 decidimos estudiar química pura o ingeniería química.

Cuando salí de la universidad me di cuenta que lo que recibí no era suficiente porque nos educan para una ingeniería de empresa grande donde hay mucha tecnología, pero nada estaba escrito para empresas pequeñas y menos para una dedicada a los granos andinos. Esto fue un reto, pero a la vez una gran oportunidad porque dio rienda suelta a la imaginación.

¿Qué te motivó a iniciar, específicamente, una empresa de granos andinos?

Después de graduarme en Cusco, me fui a Trujillo a hacer una práctica profesional en una empresa de néctares y frutas. Me mandaron al laboratorio para que hiciera todos los días lo mismo y el primer mes yo ya quería hacer otras cosas, aprovechar otros residuos que quedaban de la fruta y comencé a hacer propuestas. El ingeniero de más edad me dijo que ahí no había esa oportunidad, que si yo quería ser jefe de planta tenía que esperar a que él se muera y ni eso, porque ya tenían un sucesor. Eso fue en el año 85, era una cooperativa y ellos eran los dueños, sus visiones de crecimiento eran otras.

Allí me pregunté “¿Esto es lo que quiere Adriana?” y la respuesta fue que no, yo quería ser libre de pensamiento y obra. Así decidí regresar al Cusco aunque ese retorno significara un fracaso, porque yo salí pensando que iba a cambiar el mundo y que iba a ingresar a una empresa en la cual yo iba a tener injerencia.

Después de leer muchas crónicas de Guamán Poma de Ayala, me animé a tostar la kiwicha a mano, en una olla, sin máquinas, junto a otros tres colegas ingenieros químicos, así empezamos. En ese tiempo no había tecnología para los granos andinos, así que luego tuvimos que adaptar algunas máquinas que se usaban para el trigo.

En el 86 lanzamos nuestro primer producto, la kiwicha pop, que no tenía color ni aditivos, era 100 % natural, pero esto era un pecado para la época porque en esos tiempos no se le daba valor a lo nutritivo y a lo de aquí.

En ese tiempo nosotros teníamos el nombre “Aroma”, después los socios cambiaron, yo me quedé a cargo de la empresa y quise ponerle un nombre que esté relacionado a la cultura andina, así es como nace Cusco Mara, Mara es una palabra que tomamos del quechua y aimara que significa “perdurar en el tiempo”.

Hoy nosotros tenemos 7 líneas de producción con más de 30 productos con valor agregado, eso no quiere decir que nuestra empresa es gigante, es pequeña, pero en ese tamaño trabajamos con la biodiversidad y la llevamos al mercado.

Adriana, junto a otras 25 mujeres de diversas regiones del país, fue reconocida por el Indecopi por su aporte al desarrollo económico y social del país.

Si tuvieras que mencionar un error y un acierto que has tenido en este tiempo como empresaria, ¿cuáles serían?

El mejor acierto ha sido que aposté por la kiwicha, yo no sabía que este grano iba a dar tantas sorpresas. El año pasado he logrado hacer un producto que es el aceite de kiwicha, aprovechando los ecotipos nativos en alianza con una universidad de Alemania, una universidad del Cusco e Innóvate Perú. El piloto fue exitoso y está abriendo las puertas para que yo continúe trabajando con la academia nacional e internacional en otros proyectos de investigación.

Otro acierto fue mi terquedad. Hubo momentos en los que todos me decían que lo deje porque no me daba para sobrevivir, pero mi pasión fue muy fuerte, además de mi paciencia infinita para esperar los resultados.

En cuanto al error, creo que hice muchas cosas con demasiada anticipación. Por ejemplo, saqué certificación ecológica hace más de 20 años, cuando no le daban valor a eso. Sacamos muchas cosas, la inversión fue alta, pero no tuvo efecto.

Hubo más errores por dos cosas. Primero, nada estaba dicho para los granos andinos, ni la tecnología ni el mercado. Segundo, como yo no había trabajado en una empresa donde pudiera aprender de otras personas, tuve que hacer mi propia trayectoria, pero cometiendo errores porque no tenía una base.

Yo tuve que aprender haciendo y es un proceso costoso y de mucha entrega. Tuve el apoyo de mi papá, él fue gerente de logística en una empresa cervecera y cuando se jubiló, le di la oportunidad de que trabajara conmigo. Él pudo aplicar lo de una gran empresa en un sistema pequeño.

He volcado toda mi energía y mi tiempo a esta empresa y lo volvería a hacer. Ver a un niño que se chupa los dedos al comer kiwicha confitada en una feria, para mí, ese es el pago por mi esfuerzo.

También he recibido reconocimientos. La mayor satisfacción la sentí cuando recibí el Premio Internacional por la Defensa de la Biodiversidad (SlowFood) en el 2000, este lo recibí con mis papás y ahí pude demostrarles que su hija loca y terca no se había equivocado.

kiwicha cusco mara
En la actualidad Cusco Mara cuenta con 7 líneas de producción con más de 30 productos con valor agregado.

Tú empezaste a emprender hace más de 30 años, ¿fue difícil para ti como mujer iniciar una empresa?

Sí, porque no había independencia económica. En mi caso, yo había terminado de estudiar, pero no tenía recursos, mi hermano menor que estudiaba en Lima me dio todos sus ahorros, que eran 100 dólares, y con eso empecé. Cuando empezamos yo no me pagaba, solo tenía mis pasajes y mis papás me proveían de lo demás.

Ha sido muy difícil porque nosotros hemos estado en todas las crisis políticas y económicas. Como no teníamos máquinas, las alquilábamos, pero después de 5 años decidimos comprar un pequeño molino y pedimos un préstamo, cuando lo conseguimos, por la inflación no nos alcanzó y tuvimos que comprar uno de menor calidad. Estas dificultades te hacen aprender, te dan fuerza y coraje.

Adriana, ¿qué le falta hacer al Estado y a la empresa privada para impulsar emprendimientos liderados por mujeres?

Yo pienso que es el sistema el que está mal diseñado. Por ejemplo, hay un sello que se llama Women-Owned, que se le da a las empresas lideradas por mujeres, esta distinción debería ser más promovida para fomentar su conocimiento.

Hace tiempo, las mujeres casadas tenían que tener la autorización del marido para poder firmar una minuta de constitución de una empresa, eso yo ya no lo he vivido porque los tiempos van cambiando. Y aunque sí es bueno que haya políticas para fomentar el emprendimiento de las mujeres, esto no soluciona el asunto.

Por otro lado, hace falta más formalidad. Hay un sector grande de mujeres emprendedoras que no son formales y esto les quita competitividad y oportunidades en el mercado, pero hay un gran temor hacia los impuestos.

Para finalizar, ¿qué consejo le darías a una mujer emprendedora que quiere iniciar un negocio en el Perú?

Yo le diría que se enamore de su proyecto, que tenga paciencia y que se deje llevar por la intuición. A mí me decían que la intuición era algo contrario a la ciencia, pero ahora la neurolingüística ha descubierto que es importante. 

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