Boyhood: Siempre es ahora mismo

¡Qué difícil es crecer!, parece decir el rostro un niño mirando al cielo en uno de los primeros planos de la película Boyhood. Y es verdad. Quienes vean la última película de Richard Linklater, serán testigos privilegiados de la vida de Mason (Ellar Coltrane), un niño de 6 años, que crece hasta los 18, con todos los cuestionamientos y vacíos que tiene la generación contemporánea (Milenials para los entendidos). 

Fueron 39 días de rodaje en el lapso de 12 años. Los mismos actores desde el primer hasta el último día. La filmación fue en orden cronológico. Los personajes envejecen de verdad, sin maquillajes ni prótesis. Se podría decir que es experimental por su rodaje pero su narrativa es sencilla, abordando temas universales, desde la infancia hasta la adultez.

Episodios de lo cotidiano

Boyhood registra la vida desde la perspectiva de su protagonista. Lo vemos crecer en sus momentos tristes y alegres. Pero Linklater va más allá. Recorre el camino de los hechos cotidianos. Lo ordinario, aquello que puede olvidarse pero que al final suma en la existencia de un individuo. Habla del paso del tiempo, de cómo un niño vive la separación de sus padres. De las inconexas etapas del crecimiento, cuando algo se desconecta y dejamos de ser niños para ser adultos. No es una película donde los personajes son “chiquiviejos” reflexivos. Los personajes viven. Se quejan poco, observan y se dejan llevar por las situaciones. Las maravillosas elipsis recorren elementos populares de los últimos años: la música de Coldplay, Harry Potter, las computadoras, los celulares, los automóviles. Estas manifestaciones culturales remontan al público a situaciones vividas. La película es un viaje nostálgico por la última década. Es inevitable suspirar recordando.

Géneros y referencias:

Etiquetar a Boyhood en un género cinematográfico sería complicadísimo. Tiene de intenso drama familiar y de road movie, por los continuos traslados que la familia realiza; y de documental, por el estilo de registro (una dirección de fotografía correcta y sosegada) y por la dinámica de trabajar con los mismos actores durante tantos años.

Las referencias lo acercan a lo que hizo Truffaut con el actor Jean-Pierre Léaud (álter ego: Antoine Doinel). Prefiero relacionar Boyhood con el cortometraje Lifeline de Víctor Erice. Encuentro en ambos una mirada a la infancia y a la vida como un inevitable paso del tiempo, lleno de riesgos y alegrías; como algo inevitable de atravesar desde que uno nace. También son referencias las anteriores películas de Linklater. Hay momentos donde los diálogos de Mason y su ocasional pareja nos llevan a la juventud de Celine y Jesse en la trilogía Antes del… donde se preguntan por lo que vendrá en sus vidas, con respecto al amor y a la humanidad.  

Las mejores escenas:

Una de las más conmovedoras, es cuando la madre de Mason, instalada en su nuevo departamento, despide a su hijo antes de que este parta a la universidad. Rompe en llanto, sentada y en ángulo picado. Manifiesta ese miedo a lo que vendrá y su hijo la escucha sin acercarse a consolarla. Se da cuenta del vacío, luego de haber formado a unos hijos que se alejan indefectiblemente. Está confundida, sola y su vida parece no tener sentido. Posteriormente, Linklater filma un diálogo hermoso: El padre de Mason le da un discurso sobre cómo un hombre debe afrontar las relaciones sentimentales con una mujer. Lo desvincula del edulcorado romance, le dice que conocerá a más mujeres y a quien recuerda con nostalgia no será la única. La tertulia tiene una frase impactante: “te harás viejo y las cosas dejarán de afectarte”. Una máxima de vida que contrasta con el sentimiento que la madre de Mason expresó en la secuencia anterior. Un fino detalle de guion que habla de la ambigüedad de unos padres que parece aún no entienden eso vivir intensamente el presente; adultos que no entienden la importancia que Linklater le da a la frase “siempre es ahora mismo”.  

 

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