Cleptocracia y malas costumbres ciudadanas – Por Luis Fernando Nunes

Cleptocracia y malas costumbres ciudadanas – Por Luis Fernando Nunes
Foto referencial: Andina

“El cerebro humano es capaz de aceptar y adaptarse a la deshonestidad. Empieza de a pocos y va cometiendo delitos cada vez mayores”, sostiene Luis Fernando Nunes en su nueva columna de opinión.

Cleptocracia (del griego clepto, ‘robo’; y cracia, ‘poder’ = dominio de los ladrones), es el establecimiento y desarrollo del poder basado en el robo de dinero público, institucionalizando la corrupción y sus derivados como el nepotismo, el clientelismo político y/o el peculado y otras formas perversas de actuación delincuencial, de forma que estas acciones delictivas quedan impunes debido a que todos los sectores del poder están corruptos, desde la justicia, funcionarios de la ley y todo el sistema político y económico.

Imagine un político cuyo eslogan de campaña sea: “Roba pero hace”. Eso ocurrió en Brasil, lo más increíble es que Ademar Pereira se convirtió en alcalde de Sao Paulo utilizando esa frase.

Aquí no termina la historia, pues 60 años después, otro político brasileño, Paulo Maluf, también la utilizó y ¿adivinen qué? también ganó. Se ha utilizado en México y en otros países con éxito comunicacional y marquetero.

Apenas hace unos años, una encuesta en Perú, reveló que más de la mitad de los habitantes de la capital indicaron que aceptarían actos de corrupción, a cambio de que los políticos de turno hagan algo.

Si se aplicara aquella de que al corrupto se le cortara una mano y si delinque otra vez, se le cortaran las dos, acá estaríamos en serios problemas de discapacidad física, porque la moral ya nos asola, si no, basta leer el magnífico libro de Alfonso W. Quiroz “Historia de la corrupción en el Perú”, autor tempranamente desaparecido, que al día de hoy, pudiera tener más que otro libro, varios tomos.  La corrupción constituye un fenómeno insidioso, amplio, variado y global que comprende actividades tanto públicas como privadas.

Un estudio de 2016 del University College of Londres, explica que la amígdala cerebral disminuye su actividad, cuando el corrupto va perdiendo el miedo a ser deshonesto y se acostumbra al delito. El cerebro humano es capaz de aceptar y adaptarse a la deshonestidad. Empieza de a pocos y va cometiendo delitos cada vez mayores.

La amígdala cerebral es una parte del cerebro que nos dice si lo que hacemos está o no está bien. Este mecanismo se llama ‘gut feeling’ o ‘creer en nuestros instintos’, explica el buen amigo Elmer Huerta. Con los primeros actos deshonestos, la actividad de la amígdala se activaba con fuerza, pero luego, con cada subsecuente acto deshonesto, la actividad disminuía progresivamente.

De esta manera, la amígdala cerebral “se iba acostumbrando a los actos deshonestos”.

O sea, la corrupción pasa frente a nuestras narices y no nos importa; somos capaces de participar de ella por evitarnos un mal momento con un policía de tránsito u otro evento de nuestra vida diaria.

¿Saben qué? No nos acostumbremos a desarrollar esa amígdala cerebral. Si piensas que ya nuestro caso es un caso perdido, vamos a hacerlo por las nuevas generaciones que no se merecen tan miserable herencia.

Por: Luis Fernando Nunes, analista político

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