Gobierno –por pura envidia– mete su nariz en ollas comunes, por Fernando Cillóniz

Gobierno –por pura envidia– mete su nariz en ollas comunes, por Fernando Cillóniz
Foto: Andina

“Me da la impresión de que la Ley de Ollas Comunes esconde una gran envidia de parte del Gobierno, y del Estado, en general”, sostiene Fernando Cillóniz en la siguiente columna de opinión.

El Gobierno aprobó hace poco el Reglamento de la Ley de Ollas Comunes. En realidad, esperó al último día para su aprobación. Y bueno… como no podía ser de otra forma, se trata de un mamarracho jurídico que no servirá para nada. Veamos algunos puntos de la norma recientemente promulgada.

Para empezar, para que una olla común sea calificada como tal, está obligada a empadronarse. O sea, debe hacer un trámite burocrático que implica papeles, sellos y firmas, tiempo, y dinero. Y como se sabe, en nuestro país –sobre todo en el Estado– por la plata baila el mono. En ese sentido, apuesto doble contra sencillo que tarde o temprano –y yo diría… más temprano que tarde– aparecerán los abominables empadronadores coimeros chantajeando a la pobre gente de las ollas comunes. ¡Indignante!

Luego –típico de leyes y normas burocráticas ridículas– la ley en cuestión establece un mínimo de comensales: 15. ¿A qué genio se le ocurrió el número? No se sabe… pero sigamos. La norma también legisla acerca del distanciamiento que debe haber entre ollas comunes… ¡Como si la distancia entre ollas fuese algo relevante!

Escuchen bien… “entre cada olla común, y entre estas y los comedores de los programas de complementación alimentaria, debe haber una distancia mínima de 500 metros”. O sea –por decir– no podría haber una olla común a cuatro cuadras de otra. La pregunta es ¿qué pasaría si hubiera más de una olla común dentro de radio de 500 metros? ¡Qué sentido tiene meterse en el tema del distanciamiento! En fin…

Además, se establecen condiciones para el almacenamiento de alimentos que jamás se cumplirán. ¿Acaso no saben que las ollas comunes –muchas de ellas– ni siquiera tienen local propio, y que operan –literalmente– en la vía pública, sin ningún sistema de refrigeración, ni nada por el estilo? ¡Qué nivel de ignorancia, por Dios!

Pareciera que los redactores de la ley consideran que una olla común es igual que un lujoso restaurante, al que se le puede imponer condiciones de higiene y refrigeración muy exigentes. Pregunta: ¿sabrán estos personajes que las ollas comunes son iniciativas espontáneas de supervivencia, como consecuencia de la pobreza extrema que el propio Gobierno está generando? ¿Acaso no saben que la pobreza humana implica precariedad y carencia de recursos? ¡En qué planeta viven nuestras autoridades!

Me da la impresión de que la Ley de Ollas Comunes esconde una gran envidia de parte del Gobierno, y del Estado, en general. Envidia ante la creciente participación de diversas empresas privadas que están colaborando generosamente en la alimentación de muchos peruanos pobres, a través de la vasta –y también creciente– red de ollas comunes en todo el país.

Por limitaciones de espacio no podría consignar los nombres de todas ellas. Más sí consignar los sectores a los que pertenecen dichas empresas: supermercados, agrícolas, avícolas, ganaderas, pesqueras, restaurantes, hoteles… Incluso, empresas industriales del rubro alimenticio, bancos, empresas de transporte, de refrigeración, mineras, petroleras, de energía, telefonía, etc. Efectivamente, centenares de empresas vienen participando por cuenta propia, en múltiples programas nutricionales populares y / o en programas de apoyo a ollas comunes en todo el país.

Dicho sea de paso, se trata –en muchos casos– de las empresas más satanizadas por el presidente Castillo y su pandilla, a las que tildan de acaparadoras, especuladoras, monopólicas, explotadoras, evasoras de impuestos, y demás. ¡Pura envidia!

El hecho es que hemos vuelto a los tiempos de la pobreza extrema –y la hambruna– de los años 70’s y 80’s en nuestro país. Y ¡ojo… esto recién empieza! Una pobreza atroz generada por el propio Estado inoperante y corrupto… como el actual.

“¡Oh envidia… raíz de infinitos males y carcoma de virtudes!” diría el genial Don Quijote. Y parafraseándolo, yo agregaría: “todos los vicios, Sancho, tienen un no sé qué de deleite consigo, pero la envidia solo trae iras, rencores y hambre.”

Efectivamente, este Gobierno ha traído hambre nuevamente a nuestro país… como en los años 70’s y 80’s. Por ello están volviendo las ollas comunes. No por los campesinos peruanos, ni por los rusos, ni por los ucranianos, ni por los yanquis, ni por nadie a quien pretendan inculpar.

Repito, el hambre está de vuelta en nuestro país… y lo ha traído el Gobierno inoperante y corrupto del presidente Castillo. Por ello – y por pura envidia – el Gobierno está metiendo su nariz en las ollas comunes. ¡Patético!

Ica, 24 de agosto de 2022

Columna de opinión por Fernando Cillóniz B. Experto en temas agrarios, empresario agroexportador (https://cilloniz.pe/)

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